La
culminación definitiva de la carrera de la banda más significativa del
metal clásico llega el 1988 con un disco conceptual que demuestra la mayor
madurez y el cambio de rumbo de la banda después de su exitoso primer
ciclo con Dickinson -cerrado con el genial "Live after death"-. Si
"Somewhere in time" apuntaba a un mayor cuidado musical con la
introducción de los teclados, con "Seventh son" se puede hablar ya de un
nuevo estilo más "progresivo". Quedan lejos los temas más directos de "The
number of the Beast" y priman ahora piezas más largas, de tono épico -y
temática bíblica o esotérica, en este caso- y estructuras complejas.
La
introducción de la guitarra acústica de "Moonchild" -que vuelve para
acabar cerrando el disco y la historia en el último tema- es la primera
prueba de que algo ha cambiado. Pasajes acústicos como éste se irán
repitiendo a lo largo del trabajo, siempre con melodías cuidadas, para dar
un respiro a la distorsión y un mayor empaque al conjunto del
disco.
Pero la mayor muestra de estas influencias "progresivas" es la
sieguiente "Infinite Dreams". Éste es un temazo que abre con un ritmo
cortado característico de este tipo de rock y un riff que lo acompaña en
la misma linea, lejos de la potencia o la velocidad habitual. No es hasta
la subida de tono de la voz de Dickinson, acompañada de la segunda
guitarra, cuando se reconoce a Iron Maiden. Aún a partir de este punto
dominan los complejos remates finales para los riffs, y junto con un
cambio para el más heavy del corte que desemboca en una trabajada parte
central claras las intenciones.
No
en vano este es el disco del que Harris -indiscutible pilar
del estilo Maiden- reconoce estar más orgulloso, a parte del
mejor para muchos de sus seguidores -los que prefieren esta
etapa a la más agresiva y "heavy" de "The
number of The Beast" o "Powerslave"-.
En esta
linea se mueve también el tema que da nombre al disco, "Seventh Son of a
Seventh Son", y aunque el tono general de éste sea más épico o potente el
ambiente creado para la parte central y el colosal despliegue de riffs en
el que desemboca lo colocan entre los más trabajados del álbum.
Y a
mencionar en este apartado también el bonito final acústico "The prophecy"
o los arreglos de teclados para la última "Only the good die young". Tema,
por cierto, con gran trabajo de la voz.
El disco
se completa con algunos temas que ponen la nota más directa y sin
complicaciones, algunos de ellos clásicos ya en los repertorios de
directo. "Can I play with madness" o "The Clairvoyant" son dos de
ellos.
Y mención aparte para "The evil that men do". Colosal entrada a
la altura y en la linea de aquel "The Hellion" de los Judas Priest, y
veloz riff que lleva a un puente donde se repite el de la intro. Además,
uno de los estribillos más recordados de la discografía Maiden.
Como
todo el disco, sensacional.