El
segundo trabajo de la nueva etapa de la que es, posiblemente, la banda mas
emblemática del heavy metal se puede mirar desde varios frentes pero
siempre hacia un mismo punto.
En primer lugar el más anecdótico: la
portada, que después de tantos años es la primera que no tiene a Eddie
como absoluto protagonista o en primer plano, eso dando por hecho de que
el monstruo con capucha sea Eddie.
En segundo lugar el tema de los conciertos. La banda declaró
-a pesar de que luego esto se haya quedado en agua de borrajas-
que con la de este disco se acabaron las giras de pabellones
cubiertos por una larguisima temporada, un movimiento bastante
valiente y sin mucho sentido en principio, teniendo en cuenta
que sea cuando sea allá donde van arrasan.
Y en tercer lugar
-ahora sí lo más significativo- el hecho de que este
es un disco bastante difícil si tenemos en cuenta el que a
estas alturas el publico mayoritario de la doncella de hierro
es ya gente bastante joven y que en su mayoria no esta muy
por la labor de devanarse el cerebro con estructuras demasiado
complicadas, que reclama canciones mas espontaneas e inmediatas,
es decir, que pone antes un "The Number of the beast" que
un "Senventh son of a Seventh son". Todo esto parece conducir
a que, por fin, a Iron Maiden les ha llegado el momento de
hacerse mayores -no en el mal sentido-.
Así que
parece ser que aunque los Maiden han tardado -muchos años- tienen
que admitir que estan más cerca de los dinosaurios de los setenta que de
cualquier banda de ultima generación. Naturalmente que hay gente mucho mas
vieja metida en el negocio, como Motorhead, AC/DC o KISS, pero eso es rock
'n roll, y al rock 'n roll le pasa como al vino. Sin embargo el heavy
metal necesita una garra, una conviccion y una energia que solo da la
juventud, y IRON MAIDEN ya no la tiene (la juventud, claro). Pero una vez
comentado esto vamos al disco que es lo que nos interesa...
En esta
ocasion no han viajado demasiado para grabar los temas, a no ser el caso
de Nicko McBrian, el bateria afincado en los U.S.A. y se han reunido en
Londres en los estudios SARM, repitiendo a los controles Kevin Shirley,
que ya había prestado sus servicios en "Brave New World" con el que
posteriormente viajaron a la Gran Manzana para hacer las mezclas.
El
resultado apunta más hacia el heavy metal progresivo de su era "Seventh
Son..." que a su anterior "Brave new world", tal como prueban canciones
como la histórica -por la letra- "Pachendale" o el tema título "Dance of
death", canciones largas con teclados y orquestación que recorren
diferentes paisajes musicales como en una especie de representación, algo
que nos podría traer como referencia a unos Marillion o Yes metidos de
lleno en el metal. Lo mismo puede decirse de "Journeyman" -un tema
acústico, algo nada habitual hasta este momento- o "The age of Innocence",
donde se aprecia una clara intencion adulta en las canciones.
A pesar
de
esto que no se puede decir que no hayan dejado su hueco a
canciones más sencillas y accesibles. "Wildest dreams", el
primer single del album que ya podiamos oir en directo durante
la gira "Gimme Ed till I'm dead", es uno de ellos al igual
que la emotiva "RainMaker" -buen single, efectista, lo más
parecido a "Brave new world"- o "Gates of tomorrow", donde
Dickinson juega a dos voces de una manera tan original como
resultona. Son canciones que el tiempo se encargará de poner
al lado de otras como "Fear of the dark", "Can I play with
madness" o cualquiera de sus "menos viejos" hits.
En
conclusión, el disco -en general un grandísimo trabajo-
parece un paso adelante en la carrera de la banda, más comprensible
que su anterior trabajo. Ahora falta ver como sigue la historia...